Es el momento de sanar las heridas y reconstruir tu vida desde el amor propio

Hubo un tiempo en mi vida en que me sentía atrapada en un ciclo que no entendía, como si estuviera corriendo en una rueda de hámster emocional. Mi relación me dejaba agotada, insegura, y con una sensación constante de que algo no estaba bien, pero no sabía cómo salir de ahí. Cuando empecé a buscar ayuda y descubrí opciones para superar relación tóxica Vigo, entendí que no estaba sola y que había un camino para recuperar mi paz. Reconocer que estaba en una dinámica dañina fue el primer paso, doloroso pero liberador, hacia una vida construida desde el amor propio y el respeto por mí misma.

Las señales de una relación poco saludable a veces son sutiles, como una corriente subterránea que te arrastra sin que te des cuenta. En mi caso, notaba que mis opiniones siempre parecían quedar en segundo plano, que me disculpaba por cosas que no eran mi culpa, y que mi autoestima se desvanecía con cada discusión. Había momentos en los que sentía que mi felicidad dependía de la aprobación de la otra persona, una señal clara de dependencia emocional. Otros indicadores incluían críticas constantes, manipulación disfrazada de bromas o un control excesivo sobre mis decisiones. Hablar con un profesional me ayudó a ver estas señales con claridad, como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación que llevaba años a oscuras. Entendí que una relación sana no te hace sentir menos, sino que te impulsa a ser la mejor versión de ti misma.

Fortalecer la autoestima fue el siguiente paso, y no fue tan sencillo como repetirme frases motivadoras frente al espejo. La terapia me dio herramientas prácticas, como escribir sobre mis logros, por pequeños que parecieran, para recordarme mi propio valor. También aprendí a establecer límites, algo que al principio me aterrorizaba porque temía perder la relación. Pero con el tiempo, descubrí que decir “no” era un acto de amor hacia mí misma, una forma de proteger mi bienestar. Mi terapeuta me guió para identificar qué me hacía feliz fuera de la relación, como retomar la pintura o salir con amigas, actividades que me recordaban quién era antes de perderme en esa dinámica. Cada pequeño paso me hacía sentir más fuerte, como si estuviera reconstruyendo una casa que se había derrumbado, ladrillo por ladrillo.

El acompañamiento profesional fue clave para superar la dependencia emocional. A través de las sesiones, entendí que mi necesidad de aferrarme a esa relación venía de miedos más profundos, como el temor a estar sola o a no ser suficiente. Trabajar en esos miedos me dio una perspectiva nueva: estar sola no era un fracaso, sino una oportunidad para conocerme y construir una vida que me llenara. Ahora, cada día elijo priorizarme, ya sea dedicando tiempo a mis pasiones o rodeándome de personas que me respetan. Este proceso no borra el pasado, pero lo transforma en una lección que me ha hecho más resiliente y consciente de mi propio valor.