La llamada esperada: Conquistando la corona en el corazón de Vigo

Cualquiera que conozca el mundo de la alta relojería sabe que conseguir un rolex en Vigo de acero hoy en día no es cuestión de dinero, sino de paciencia, relaciones y, a veces, un poco de suerte. No se trata simplemente de entrar en una tienda y pasar la tarjeta. Por eso, cuando vi el nombre de la joyería parpadeando en la pantalla de mi móvil un martes cualquiera, el corazón me dio un vuelco.

Estaba cerca de la Alameda, bajo ese cielo gris perla tan típico de Vigo que amenaza lluvia pero nunca termina de romper. Contesté intentando sonar tranquilo. «¿Está disponible?», pregunté. La respuesta afirmativa al otro lado de la línea convirtió esa tarde nublada en el día más brillante del año.

Caminar por la calle Policarpo Sanz hacia la joyería se sintió diferente esa vez. He pasado mil veces por delante de esos escaparates blindados, admirando las piezas desde la distancia, pero hoy yo no era un espectador; era el protagonista. Vigo tiene una elegancia burguesa y discreta en esta zona, una atmósfera de granito y arquitectura señorial que encaja perfectamente con la solemnidad del momento.

Al entrar, el ruido de la ciudad se apagó. Me invitaron a sentarme en esa zona reservada, lejos de las miradas curiosas. Y entonces apareció: la caja verde.

Hay un ritual casi sagrado en abrir esa caja. El olor a piel, el tacto del terciopelo beige y, finalmente, el brillo del acero 904L. Verlo en persona, sin plásticos, esperando a ser ajustado a mi muñeca, fue impactante. No es solo un reloj; es un icono. Mientras el relojero ajustaba los eslabones con precisión quirúrgica, me explicó detalles sobre el calibre y la hermeticidad que, honestamente, apenas escuché. Yo solo podía mirar cómo la luz de la lámpara jugaba con el bisel.

El primer «clic» del cierre Oysterlock en mi muñeca fue definitivo. Pesa, pero es un peso equilibrado, sólido. Se siente indestructible.

Salir de nuevo a las calles de Vigo con la bolsa verde discreta en la mano y el peso frío del acero en la muñeca fue una sensación de triunfo personal. No por el lujo en sí, sino por lo que simboliza: un hito alcanzado, un recuerdo de esfuerzo cristalizado en maquinaria suiza. Miré la hora bajo la luz de las farolas que empezaban a encenderse en García Barbón y sonreí. En una ciudad que vive mirando al mar y al futuro, yo acababa de hacerme dueño de mi propio tiempo.