Baiona en un día: crónica de un flechazo en las Rías Baixas

Llegar a Baiona en una mañana soleada de julio es como entrar en un decorado donde la historia y el mar son los protagonistas. Aunque la conozco de oídas, como todos los que vivimos en Vigo, esta es la primera vez que vengo con la misión de explorarla a fondo, de conocer esos lugares imprescindibles en Baiona de los que tanto he oído hablar. Aparco el coche y mi primer impulso es caminar hacia el murmullo del puerto, con la imponente silueta de la Fortaleza de Monterreal dominando cada vista.

Mi primera parada es, por supuesto, esa fortaleza. Decido recorrer a pie el paseo que serpentea alrededor de sus murallas. Es, sin duda, una de las caminatas más espectaculares de Galicia. A un lado, el Atlántico rompe con fuerza contra las rocas; al otro, las coquetas playas y el entramado de tejados del pueblo. Cada recodo ofrece una nueva postal, con las Islas Cíes recortándose en el horizonte. Es un lugar que te hace sentir pequeño ante la inmensidad del océano y de la historia que custodian esas piedras.

Al bajar de la fortaleza, me encuentro cara a cara con el segundo tesoro de Baiona: la réplica de la Carabela Pinta. Subir a bordo es una experiencia única. Tocar la madera, ver las cuerdas y los cañones, e imaginar la emoción de aquellos marineros al llegar a este puerto en 1493 con la noticia del descubrimiento de América, pone la piel de gallina. Es un pedazo de historia mundial anclado en un rincón de las Rías Baixas.

Dejo el puerto para perderme deliberadamente por el Casco Vello. Sus estrechas rúas empedradas, sus casas de piedra con balcones llenos de flores y sus pequeñas prazas con terrazas animadas son el alma de la villa. Me siento en una de ellas, pido un albariño y simplemente observo. Es aquí donde se siente el pulso real de Baiona, una mezcla perfecta de villa marinera y enclave turístico cuidado con mimo.

Mi última parada requiere un pequeño trayecto en coche. Subo hasta la Virxe da Rocha, esa colosal figura de granito que vigila la bahía desde las alturas. Subir por su escalera interior de caracol para asomarme desde el barco que la virgen sostiene en su mano es el broche de oro. La panorámica es sobrecogedora. Desde allí, entiendo por qué Baiona es imprescindible: es una lección de historia, un festín para la vista y un bálsamo para el alma, todo en uno.