Amaneció con brisa de ría y cafés encadenados en oficinas donde la espalda protesta con más elocuencia que el buzón de entrada. Quien busca una silla ergonómica en Vilagarcía de Arousa no lo hace por capricho decorativo, lo hace porque el cuerpo ya le ha comunicado, a su manera y con menos diplomacia de la deseada, que el asiento heredado de 2008 y el monitor en equilibrio precario sobre dos archivadores no dan para más. La escena se repite: jornadas clavado a la pantalla, cuello adelantado como si quisiera huir del resto del cuerpo, hombros a la altura de las orejas y una promesa silenciosa de “mañana estiro”. Mañana a veces llega; el dolor, por su parte, es puntualmente puntual.
En conversaciones con técnicos de prevención de riesgos y fisioterapeutas de la zona, aparece una constante: la postura es una consecuencia de cómo está dispuesto el puesto, pero también de hábitos y ritmos. “No podemos pedirle a la columna que resista ocho horas en una postura forzada y, encima, que nos lo agradezca”, me decía entre sonrisas un profesional que visita pymes en el entorno de la ría. La buena noticia es que no hablamos de ciencia arcana. El ajuste correcto del respaldo para que abrace la curva lumbar, la altura que permita que caderas y rodillas dialoguen en ángulos amables, los pies firmes en el suelo o en un reposapiés que no parezca un escalón de gimnasio, y un reposabrazos que no obligue a los hombros a interpretar una coreografía de alzamiento patriótico, sientan las bases de un día más llevadero.
El mobiliario, por supuesto, es protagonista. Una silla bien diseñada no hace milagros, pero evita tragedias discretas. El respaldo debe acompañar, no empujar; la base ha de permitir moverse sin convertir cada giro en una regata. Y si el asiento presiona la parte posterior de la rodilla, la circulación protestará. En un mercado local donde cada euro tiene que explicarse, conviene recordar que el precio de una silla es menor que el de la suma de consultas, bajas intermitentes y esa productividad difusa que se escurre entre el dolor y la distracción. El coste invisible de una postura deficiente se paga en correos releídos tres veces, en decisiones más lentas y en ese gesto de frotarse el cuello que interrumpe cualquier argumento.
La pantalla, por su parte, merece titular propio. La altura ideal no es un mito nórdico: que la primera línea de texto quede aproximadamente a la altura de los ojos reduce el afán explorador del cuello y la mirada. Si hay dos monitores, que el principal no sea actor secundario en un lateral que obliga al giro permanente; la repetición del movimiento termina por presentar factura. El teclado y el ratón deberían ser aliados y no piezas de museo: acercarlos al cuerpo lo justo, alinearlos con los hombros, incluir un apoyo de antebrazos si el escritorio lo permite, y alternar la mano del ratón de vez en cuando aunque los primeros minutos parezcan una clase de caligrafía en primaria.
Luego está el tiempo, ese factor silencioso que hace de amigo y enemigo. Los expertos hablan de pausas breves y frecuentes, y no es postureo. Levantarse un minuto cada media hora, mirar a un punto lejano para que los ojos descansen del foco cercano, estirar sin convertir la oficina en una clase de yoga improvisada. Hay quien pone una alarma sutil, quien asocia las pausas a tareas completadas, quien aprovecha para beber agua y de paso marcar el ritmo del día. Pequeños gestos sumados multiplican el bienestar, que no es un lujo sino una herramienta de trabajo tanto como el software de turno.
No se trata solo de salud; el rendimiento agradece lo que la espalda celebra. Cuando el cuerpo no está reclamando atención, la mente afina y resiste mejor la tentación de revisar el móvil o el parte meteorológico de la tarde. La concentración, esa especie tímida, florece en entornos donde la incomodidad no le pisa los talones. En empresas que han apostado por un puesto bien ajustado, la percepción de fatiga al final de la jornada cae y el ánimo mejora, un binomio que se nota tanto en los informes como en las conversaciones de pasillo. Quien llega mejor al final del día también toma mejores decisiones cuando se juega el último punto en una negociación o se escribe ese correo difícil de las 17:58.
Hay un componente cultural, y aquí el humor ayuda. La silla no es trono ni hamaca. No hace falta entusiasmo heroico para sentarse bien, bastan rituales simples: acomodar la pelvis al fondo, soltar los hombros, recolocar la pantalla si alguien la “paseó” durante una videollamada, ajustar la altura antes de arrancar tareas largas. La oficina abierta, los coworkings con vistas a la ría y hasta el salón de casa en teletrabajo admiten estos gestos con naturalidad. A veces, la resistencia viene por ese miedo a parecer exigente; curiosamente, nadie ve capricho en pedir buena conexión a internet, pero aún cuesta pedir un ajuste de altura o un reposapiés. La ergonomía no es una excentricidad, es infraestructura humana.
En Vilagarcía se suman ingredientes curiosos, desde la humedad que tensa músculos hasta los espacios ganados a la luz natural que invitan a colocar el monitor con tal de evitar reflejos. Tiendas especializadas, distribuidores locales y asesores en prevención ya han hecho los deberes: permiten probar, recomiendan configuraciones según talla y tipo de trabajo, y, lo más útil, ayudan a ajustar in situ. Probar antes que comprar es más que un eslogan; el cuerpo tiene voz y conviene escucharla en tiempo real, no fiarse de una foto bonita o de una ficha técnica prometedora.
Lo que empieza en el asiento sigue en la jornada. Organizar bloques de trabajo que eviten maratones estáticos, alternar tareas de lectura con llamadas de pie, mover reuniones rápidas a pie de ventana o, si el clima acompaña, a un breve paseo alrededor de la manzana. No hay que convertir la oficina en un gimnasio ni convertir cada tarea en una excusa para pasear, pero sí devolver movimiento a un día que a menudo se queda demasiado quieto. La ergonomía, al final, es dinámica: acompaña tus gestos, no te ata a una posición monacal.
Nunca está de más hacer una auditoría casera: ¿sientes presión detrás de la rodilla? ¿Te descubres encogiendo hombros al escribir? ¿El monitor te invita a jugar a la tortuga? Si la respuesta es sí más veces de las que te gustaría, no es culpa de una mala mañana, es una invitación a cambiar variables. Ajusta, prueba, corrige, vuelve a probar. Es periodismo aplicado al cuerpo: verificar, contrastar, sacar conclusiones y actuar con datos, aunque el “dato” sea esa ausencia de dolor al final de la tarde que no necesita nota de prensa para convencer. Y si además la vista se relaja, el ánimo se despeja y la jornada rinde mejor, nadie echará de menos el viejo asiento que crujía como una escalera de barco en temporal.