La juventud suele idealizarse como una época de ligereza y certezas, pero la memoria, si somos honestos, a menudo nos devuelve una imagen mucho más compleja. Al echar la vista atrás y recorrer mentalmente las calles de Vigo, no solo veo los lugares donde salía o los primeros destellos de mis inquietudes profesionales; también veo las puertas de distintas consultas. Durante mi juventud, transité por varias salas de espera, buscando respuestas en despachos de diferentes psicólogas y psicólogos Vigo. Era un laberinto interno que, en aquel momento, parecía insondable.
Recuerdo perfectamente la sensación de caminar por la Alameda o subir por Urzáiz con el peso de la incertidumbre a cuestas. No es fácil asumir que necesitas ayuda cuando el entorno te exige que te comas el mundo. Cada especialista me ofreció un prisma distinto. Tuve terapeutas que me confrontaban con una lógica aplastante, obligándome a desmontar mis propios sesgos paso a paso, y otras que me proporcionaron un espacio de escucha tan seguro que el simple hecho de articular mis miedos en voz alta ya resultaba curativo. No fue un camino de línea recta; a veces sentía que avanzaba con claridad y, otras, que la bruma densa de la ría se había instalado de forma permanente en mi cabeza.
Es curioso cómo la mente busca anclajes en lo físico para recordar. Las texturas de los sillones de esas consultas, el sonido lejano del tráfico al otro lado del cristal o la luz difusa que entraba por las persianas a media tarde se quedaron grabados en mí. Cambiar de profesional no era un fracaso, aunque entonces a veces lo viviera así; era, simplemente, el proceso vital de afinar un instrumento sumamente delicado. Necesitaba encontrar la frecuencia exacta, la persona que me diera las herramientas precisas para gestionar el ruido, la presión y la ansiedad de no saber encajar las piezas de mi propio puzle.
Hoy, inmerso en la vorágine de la vida adulta, dirigiendo la agencia y lidiando a diario con las exigencias de un entorno digital que nunca duerme, miro hacia esa época con un profundo respeto. Aquellas horas de terapia no fueron un paréntesis oscuro ni un signo de debilidad, sino los verdaderos cimientos sobre los que construí mi resiliencia actual. Aprendí a identificar mis límites, a no dejarme devorar por la inmediatez y a entender que la mente requiere un mantenimiento constante, casi como el código de una arquitectura web compleja que necesita ser depurado regularmente para no colapsar.
Pasear ahora por el centro de Vigo y cruzarme con aquellos portales ya no me genera ninguna punzada de angustia, sino una especie de gratitud silenciosa. Aquellos psicólogos y psicólogas me ayudaron a trazar un mapa para navegar mis propias tormentas. Y aunque el mar a veces siga agitándose, salir de aquellas consultas, respirar de golpe el aire frío del Atlántico y sentir que la carga era un poco más ligera, fue el mejor aprendizaje que me pude llevar.